Inventó –o al menos aseguró haber inventado– objetos tan cotidianos como el bolígrafo, la silla de oficina o la cafetera propia de los bares. Sin embargo, nunca obtuvo el reconocimiento que creía merecer. En la Francia de la posguerra, Jan Bojarski, inmigrante polaco y prolífico inventor, vio cómo sus patentes eran rechazadas una tras otra. Incapaz de abrirse camino en su profesión, terminó encontrando otra forma de poner su talento al servicio de la precisión: la falsificación de billetes. Llegó a hacerlo con tanta habilidad que puso en jaque al sistema monetario francés y se ganó el apodo de «el Cézanne de la falsificación».
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